El Cojote del Rock

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme entre viñas pisoteadas, meadas y buena música, se celebraba la décima edición del festival roquero nacional que duraba tres días “el Viña Rock”, en el mismo año que se conmemoraba el IV centenario de la obra literaria más universal del mundo mundial “Don Quijote de la Mancha”.

En el puente del primero de mayo el Vake, dos dulcineas y el Quijote de una de ellas por aquellos tiempos, viajaron a la Mancha dispuestos a disfrutar de sus grupos musicales preferidos como son Los suaves, Mago de Oz, El Drogas, Rosendo, Soziedad Alkoholika, Los Delincuentes, Bumbury, Bebe y algunos cuantos grupos más. Esta última cantante al Vake le volvía loco su voz tan dulce que tenía entre otros muchos encantos suyos.

Estos cuatro valientes salieron a las tres y media de la tarde de la capital del Turia con el maletero lleno de utensilios necesarios para sobrevivir de esta aventura como una tienda de campaña, una nevera, bebida, comida y una silla de ruedas ¿de quién? Del Vake. Para quién aún no lo conozca, el Vake es una persona o personaje de carne y hueso que va sobre ruedas afrontando la vida con la mayor normalidad posible en un país lleno de barreras mentales y algunas arquitectónicas.

A las siete de la tarde, tras sufrir un gran atasco de autocares y vehículos que se dirigían hacia el mismo destino, aparcaron el coche en un descampado entre viñedos llenos de más vehículos donde cada vez las tiendas de campaña aparecían como setas entre las cepas de vid.

Al llegar tocaba plantar su tienda de campaña, menos el Vake que le afecto tanto el viaje tan largo que decía que casi se queda paralítico cerebral del largo trayecto de empentar su cabeza con mucho pelo sobre la durísima puerta del coche. La tienda de campaña era de tres plazas pero en este viaje se transformó en una de tres plazas y un veinteañero con parálisis cerebral con más huesos que carne por aquellos tiempos.

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Una vez situados en su espacio campal fueron al descapotable auditorio donde actuaban los grupos de rock tan deseados por toda la muchedumbre allí presente. Como para entrar a las oficinas del INEM, para pagar la compra en un Supermercado o para ver a un Papa del Vaticano muerto las dos dulcineas, el Quijote de una de ellas y el Vake les tocaron hacer cola, esta vez no coló lo de ir “sobre ruedas” para colarse valga la redundancia. La vida es una cola.

Tras media hora de cola les llego el turno, consiguieron avanzar hasta las taquillas donde les pusieron una pulsera de papel para poder salir y entrar de aquel recinto, el Vake tuvo que alargar su brazo esquelético asomando su espástica muñeca para ponerle aquella pulsera ya  que las taquillas no estaban a la altura de una persona con demasiada movilidad incontrolada sentada en su rocinante que en vez de tener cuatro patas tenía cuatro ruedas. La muñeca espástica del Vake triunfó ya que las taquilleras se peleaban por ponerle aquel trozo de papel, más que nada porque su muñeca parecía un péndulo, no dejaba de balancearse. La taquillera necesitaba refuerzos para conseguir el objetivo de ponerle una pulsera.

Dentro de aquel espectáculo montado por no se quien, pero el montador que lo montase iba amontonar mucho dinero.  Además de los tres escenarios donde actuaban los artistas roqueros había cantidad de puestos de comida y bebida para que entre notas musicales llenaran los estómagos de ricos manjares manchegos y bebidas universales en estos ambientes como el calimocho, cerveza, whisky, entre muchos otros más.

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Concierto tras concierto, trago tras trago de cerveza, calimocho y demás bebidas alcohólicas hicieron que el Vake y sus movimientos involuntarios se soltasen hora tras hora hasta llegar el punto de recordar el milagro que nunca llegó procedente de Lourdes y si el milagro de la musicoterapia, la terapia del alcohol o las dos terapias juntas volvió a aparecer. El polvo terrateniente de aquella zona campestre empezaba hacerse patente por todas las partes de su cuerpo, desde la uña del dedo gordo de los pies hasta el último pelo que permanecía en sus cabezas.

El Rocinante del Vake era muy bajito, más que un caballo con cuatro ruedas parecía un pony. Este handicap le impedía ver los conciertos con la solvencia y la nitidez que ven los demás con o sin gafas. Aunque podía observar todo tipo de traseros humanos que se encontraba a su alrededor. Como todo en la vida tiene solución, el Vake decidió ponerse de pie en el asiento de su pequeño Rocinante con ruedas apoyándose del Quijote de una de las dulcineas por si acaso se desbocaba “el Roci” quedándose a dos ruedas, normal viéndose con tanto culo a su alrededor.

Llegó la hora de dormir, porque tenían sueño, y emprendieron camino a su tienda de campaña que estaba a un cuarto de hora del recinto musical algunos andando y otro rodando. Durmieron como en latas de sardinas y sardinos hasta que salió don Lorenzo, el sol, que empezó a calentarles las cortas paredes de lona de la tienda obligándoles a salir antes de que alguno muriese asfixiado y que el alcohol ingerido se escapase por los poros de sus pieles.

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El 99´9% de las letras de las canciones que se oían en aquel lugar tan quijotesco eran reivindicativas en contra del sistema impuesto en este gran país repleto de injusticias, desigualdades sociales o de “corrupción de palacios”. Las canciones que más le gusta al Vake por su carácter reivindicativo que le sale por sus venas envueltas de músculos contraídos por su gran espasticidad que le acompaña desde que salió al mundo con una bufanda llamada cordón umbilical, cuando aún no era importante el cambio climático los meses de octubre hacía frio.

Lorenzo tocó a la puerta sin avisar. Sin apenas dormir los cuatro aventureros roqueros tuvieron que levantarse por los rayos del sol aporraceaba cada vez más fuerte las paredes de lona. Los chutes de café hicieron su presencia con el objetivo de mantenerse de pies algunos y otros sentados. Esta vez el milagro del café se hizo patente. Todos estos milagros funcionan menos los que dicen que hacen vírgenes, santos, dioses y demás mitos de la historia. El Vake sentado y sus tres amistades que compartieron esta aventura, una de tantas, hicieron su última ruta turística en aquel pueblo tan manchego como el queso no sin antes llenar los estómagos vacíos que en aquel momento necesitaban recuperar.

La música, las amistades, las peligrosas bebidas alcohólicas y muchas más cosas que ese fin de semana rodearon al Vake es la prueba de la normalidad que tenía que existir en un país donde lo diferente; los gais, las prostitutas, los negros o las personas con alguna discapacidad aparente están continuamente desprestigiadas por algunas o muchas mentes “anormales” que se creen normales.

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